Publicaciones

de

Don Jorge Alberto Castro de Dios.

¡Qué bonito!

 

El término bonito, uno de los más bellos de nuestra lengua, es, a su vez, uno de los más difíciles de traducir. En efecto, esta palabra se usa, de manera indistinta, para describir a una niña y a una mujer, a una situación y a un paisaje, a una idea y a un suceso y, en todos estos casos, subyace el encuentro con una belleza sobria, mesurada, que nos obliga a reconocerla y, luego, a guardar silencio.

            Y es que, en verdad, uno puede decir ¡qué bonito! Y después callarse, como si toda la cuestión quedará resuelta con esa palabra, como, de hecho, parece suceder. Y, tal vez, esto, el silencio, se deba a los profundos rasgos espirituales que se esconden en este vocablo, cuya importancia en el español esboza, con fineza, el hondo sentido estético de nuestra cultura.

            Al analizar, morfológicamente, la palabra bonito, nos encontramos con la raíz bon-, perteneciente al bonus latino y con dos posibles sufijos el –ito del español, que caracteriza lo pequeño y una variante del –itus latino, que describe una cualidad propia de algo. Así, bonito podría ser “bien pequeño” o “lo que es bueno”. En ambos casos, se observa el mismo fenómeno, la primacía de lo ético sobre lo estético o, en otras palabras, la afirmación de que para que una cosa sea bella tiene que ser, en primer lugar, buena. Esto se ve, con una claridad abrumadora, en toda la tradición del arte hispánica, de la que tomaré el ejemplo de la pintura, la literatura y la arquitectura.

            La literatura española, en todos sus grandes ejemplos, ya sea El Quijote o La Regenta, denota una cierta falta de cuidado. De los errores de Cervantes se han escrito libros enteros, desde el episodio del burro hasta las innumerables lagunas narrativas. Además, esta serie de fallas pueden, en mi opinión, extenderse a todos sus autores, De Prada, Unamuno, Galdós, pecan, al igual que todos sus paisanos, de un lenguaje sobre abundante, cansado, casi barroco, y no en el mejor sentido del término.

            Sin embargo, este exceso jamás ha logrado empañar la grandeza de las obras. Más aún, El Quijote, uno de los libros más descuidados, sino es que el más, de la literatura, no deja de ser también la obra maestra de la misma, y a pesar de no tener la precisión de una joya como Madame Bovary, el brillo que produce la inocencia y bondad de su héroe, su ética, supera, incluso, el cuidado estético y la técnica de otros genios como Flaubert, Goethe y Dickens.

            La pintura española sufre y goza, a la vez, de un drama similar. Esta, romántica o barroca, nunca ha caído en la cursilería de, por ejemplo, el Rococó. Si Goya pinta con genialidad la sensualidad de una mujer en La maja desnuda, la maestría es equivalente al momento de dibujar al demonio con toda su perversidad o a un niño en su sencillez. Al pintar el exterior, en bestia, hombre o ángel, el pintor español siempre busca revelar el interior. La forma se hace fondo y el salvajismo de los trazos en Saturno devorando a su hijo es, en realidad, el salvajismo con que el tiempo destruye las cosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

El aquelarre de Francisco Goya                                                                                              El Columpio de Fragonard

            El hispano, como ser y como artista, es siempre honesto, siempre ético; halla que, solo siendo fiel a la verdad, podrá ser fiel, también, a la belleza. De este modo Velásquez, Goya y El Greco se alejan del concepto burdo de pintores realistas para llegar al de pintores reales. Sus obras son el verdadero ejemplo del realismo al abordar la realidad espiritual perenne que, por otro lado, se muestra hueca en las obras de tantos franceses e ingleses, detrás de cuyos cuadros, llenos de forma y cursilería innegable, no hay ninguna emoción verdadera, no hay nada verdaderamente humano.

            Finalmente, la arquitectura española es bella, pero es también bonita. Al lado de la monstruosidad barroca de sus novelas y catedrales, también está la sencillez bonita de sus castillos y sus casas. Ya lo decía el premio nobel francés de madre andaluza, Albert Camus, para quien verdadera libertad siempre se ha visto acompañada de cierto despojamiento, común a las casas españolas y árabes. Porque, la razón de que tantas obras hispanas sean bonitas, pero no bellas es una sencillez particular que tiene el nombre de humilde y que nuestro pueblo ha comprendido tan claro.

            Lo bonito es un bien pequeño, es un bien humilde. El personaje del Quijote es un héroe pequeño que, como tantos de nuestros hermanos, no sale de su país y, ni siquiera, es reconocido en el mismo, donde lo persiguen y tachan de loco. En la literatura francesa e inglesa, todo debe ser grande, hasta la miseria tiene cierta magnificencia, aunque sea un poco postiza, pero, en cambio, la literatura española, al igual que la rusa, ha sido capaz de reconocer un lugar para la belleza en las cosas pequeñas, en las cosas bonitas.

            Y, retomando el inicio de este artículo, bonito es, por ello, una palabra tan intraducible. Porque pareciera que, en varios países y lenguas del mundo, el arte aún no descubre la dignidad de las pequeñas cosas, de lo humilde. En inglés la palabra más cercana es nice que, etimológicamente, quiere decir tonto o necio, mientras que en el francés se encuentran las palabras belle y mignon, bello y tierno, respectivamente, que tampoco logran atrapar la fugitiva dulzura de lo bonito, de un rostro simplemente agradable, de un paisaje que, sin ser espectacular, guarda cierta calidez, del gusto calmado y simple de la vida.

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