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Conversación entre D.Rodrigo y Sancho El  Fuerte.

(De la participación teatral en la Cena Medieval sobre Las Navas de Tolosa).

 

I.- Saludos al buen amigo y fiel rey de armas D. Rodrigo.

II.- Perdonadme por haberos hecho perder tan singular jornada, quizá la batalla más grande contra los infieles. ¡Qué derroche de heroísmo! ¡Qué singular bravura, la de los hombres que están convencidos de luchar las batallas de Dios! ¡Aquello fue poesía escrita con sangre y valentía! Nadie olvidará nunca tal jornada.

III.- Cuando llegamos a Despeñaperros, el paso estaba guarnecido por los almohades y resultaba imposible pasar sin grandes pérdidas. Necesitábamos un milagro, pues con sólo mil hombres, en esas angosturas se pueden resistir a todos los ejércitos del mundo. Se sometió a consejo, y no faltó algún prudente noble, que aconsejara la retirada ante una derrota segura. El recuerdo de Alarcos torturaba y suspendía los ánimos. ¡Otro Alarcos no podría soportarse! Sería la derrota definitiva de los cristianos.

Pero no podíamos retirarnos, estaba tan cerca ya el enemigo, eran tantos los deseos de batalla. Cuando el rey D. Alfonso, mi primo, tomó la decisión de aventurarse por aquel maldito paso de Despeñaperros, el milagro sucedió.

A un grupo de nuestros exploradores, que buscaban un paso mejor, se les presentó un pastor, y les dijo que él conocía un paso ideal para el ejército, que les situaría justo frete a las tropas moras. Tras comprobarlo, los exploradores llevaron la buena nueva al rey de Castilla, de que un pastor nos llevaría hacia el oeste y luego hacia el sur, por un paso desconocido por los moros, para aparecer frente al mismísimo ejército del Miramamolín. ¡Qué sorpresa la de la morisma al ver aparecer frete a ellos al ejército cristiano!

Y bien se cree, que aquel pastorcillo era un ángel, o el mismísimo apóstol Santiago, nuestro señor, pues después de hacernos semejante bien, desapareció, que por nadie más fue visto nuestro benefactor.

En fin, el Miramamolín quiso aprovechar el cansancio de los nuestros y atacó para provocar batalla, pero no se cayó en la treta, y solamente hubo escaramuzas ese y al otro día. Antes de amanecer del siguiente, se dio la orden de formación de batalla. En el centro vanguardia del ejército, las tropas castellanas al mando de D. Íñigo López de Haro. En el ala izquierda las tropas de Aragón al mando de su rey D. Pedro, y en el flanco derecho nuestras tropas de navarra a mi mando. Y, en esta formación, nos lanzamos con loco entusiasmo contra el poderoso ejército moro, como si no importase a nadie que nos doblaran en número y tuvieran una inmejorable posición en las laderas del cerro de los Olivares.

Los moros estaban situados como digo, en las laderas del cerro de los Olivares, obligándonos a subir y cargar contra ellos en situación desventajosa.

Antes de iniciar el combate, el hijo de D. Diego, señor de Haro, le dijo a su camarada y padre: Padre, que lo hagáis de tal modo que no puedan llamarme hijo de traidor, y recuperéis la honra perdida en Alarcos; a lo que D. Diego contestó: Os llamarán hijo de puta, pero no hijo de traidor.  Y respondió su hijo: Entonces, seréis guardado por mí, como jamás padre lo fue de hijo, y en nombre de Dios, entremos en batalla cuando queráis.

En lo más duro de la batalla, el rey D. Alfonso se dirigió al arzobispo de Toledo, que a su lado estaba en las tropas de reserva: Arzobispo, vos y yo muramos aquí, y se lanzaron al combate. En la apoteósica carga, los tres reyes rompieron con los almohades y deshicieron sus tropas, llegando en su ímpetu, hasta la misma tienda del Miramamolín, que estaba protegido por su maldita y fanática guardia negra, la que nunca se rinde, en lo alto de la loma, donde nadie creía podríamos llegar.

Y aquí es, mi buen D. Rodrigo, donde los navarros ganamos la honra de las cadenas en nuestro escudo heráldico, pues fuimos nosotros los, con nos al frente, los primeros en penetrar aquel palenque infranqueable de estacas y lanzas, acabando con la vida de toda la guardia negra, de aquellos desposados de Alá, que con él se encontrarán ahora. Con todo perdido, el Miramamolín es arrastrado por un su primo y sacado de allí casi arrastras con ayuda de su guardia.

Allí mismo, mientras el ejercito aun combatía al alcance, D. Rodrígo Ximénez de Rada cantó el tedeum.

Allí dejamos en el campo al menos 90.000 muertos del enemigo.

Pero basta, que vengo cansado y sediento, y quiero disfrutar con todos vosotros, la fiesta de nuestro Señor Santiago.